

Al norte de Konya, la estepa se abre ante Tuz Gölü, el segundo lago más grande de Turquía y una de las masas de agua más saladas del planeta. Durante buena parte del verano se seca y forma una costra de un blanco cegador sobre la que se puede caminar, con el horizonte disolviéndose en espejismos, mientras sus orillas poco profundas se tiñen de rosa y atraen a una de las mayores colonias de cría de flamencos del país. Es una parada surrealista y muy fotogénica en la carretera hacia Ankara o Capadocia. Más cerca de Konya, junto a Karapınar, el pequeño lago volcánico de Meke fue en su día un llamativo ojo de agua rodeado por un cono de escoria, aunque años de sequía y de extracción de aguas subterráneas lo han dejado casi seco, un triste recordatorio del estrés hídrico de la región. La zona esconde además lagos formados en dolinas hundidas, los obruk, que vale la pena buscar. Ninguno de los dos lugares cuenta con mucha infraestructura, así que lleva agua, protección solar y calzado resistente, y trata con cuidado el frágil salar.
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