


Nada te prepara del todo para las cuatro enormes estatuas sedentes de Ramsés II, de unos veinte metros de altura cada una, talladas directamente en el acantilado de Abu Simbel, en plena Nubia, cerca de la frontera con Sudán. A su lado se alza el templo más pequeño que dedicó a su amada reina Nefertari, con la fachada flanqueada por figuras de pie. En el interior del Gran Templo, salas con pilares osiríacos conducen, entre relieves de la batalla de Qadesh, hasta un santuario interior donde, dos veces al año, el sol naciente todavía penetra hasta iluminar a los dioses del fondo. Lo asombroso es que todo el complejo se cortó en más de mil bloques en los años sesenta y se volvió a montar sesenta metros más arriba para salvarlo de la subida de las aguas del lago Nasser, una de las grandes proezas de la ingeniería de rescate de la historia. Llegar hasta allí exige madrugar mucho: son de tres a cuatro horas por carretera a través del desierto desde Asuán, o un breve vuelo nacional. Por larga que sea la jornada, casi nadie se arrepiente de ir.
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