


Extendida por la meseta que se alza sobre las terrazas blancas, Hierápolis fue una ciudad balneario grecorromana fundada en el siglo II a. C., que atraía a peregrinos y enfermos a sus aguas termales en busca de curación. Incluidas en la misma entrada que los travertinos, las ruinas son extensas y es fácil subestimarlas: calles columnadas, puertas monumentales, termas romanas (una de ellas es hoy el museo del recinto), una basílica bizantina y el Martyrium de San Felipe, el apóstol que, según se cree, fue martirizado aquí, todo ello repartido por un amplio terreno expuesto al sol. Es una auténtica ciudad antigua, no un único monumento, así que dedícale tiempo de verdad y prepárate para caminar mucho con poca sombra. La superposición de una ciudad balneario en pleno funcionamiento, un santuario de sanación y un lugar de peregrinación del cristianismo primitivo le da a Hierápolis una profundidad poco común. Lleva sombrero y agua, porque en verano la meseta es un horno y las distancias entre los puntos de interés son considerables.
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